La minería ha marcado el compás de la civilización ya desde el paleolítico con la producción de herramientas de sílex desarrolladas en las industrias líticas, que fueron dando paso paulatinamente a las eras de los metales y los combustibles fósiles hasta nuestros días.

Hoy, la industria minera sigue constituyéndose en actor fundamental de la sociedad que nos rodea proveyendo de la práctica totalidad de las materias primas que redundan en nuestro estado del bienestar. Pero es precisamente este el que pone en entredicho el papel y la huella que nuestro sector deja a su paso para poder satisfacer todas nuestras crecientes necesidades.

Se prevé que en las próximas décadas, más de dos tercios de la población mundial se concentre en los núcleos urbanos, donde se producen y consumen la inmensa mayoría de bienes y servicios derivados o asociados a las industrias de la tierra. Este hecho inminente ya está poniendo de manifiesto la gran huella ambiental y social que las actividades industriales generan en nuestro entorno. Es difícil renunciar a los grandes avances que la industria minera nos ha permitido alcanzar en todos los ámbitos de nuestra vida (salud a través de los metales que hacen posible la detección temprana de enfermedades, alimentación gracias al uso extensivo de fertilizantes minerales o logística mediante la construcción de grandes infraestructuras de acero y hormigón…), pero si no queremos hacerlo habremos de saber reformular nuestro ciclo productivo.

Sería lícito soñar con un futuro en el que la práctica totalidad de los recursos minerales empleados provengan de fuentes de reciclaje, en que las comunidades dejen de ser las afectadas para convertirse en las integradoras de la minería, en que la digitalización permita liberar a todos los seres humanos de tareas insalubres y en el que el conjunto de la industria se alimentara de unos ciclos de energía y agua completamente integrados e inocuos para el medio ambiente.

Es nuestro deber soñarlo, y fijarnos una próxima parada, porque no en 2030, en la que ya visualizamos:

  • Operaciones mineras completamente digitalizadas, con una monitorización de datos de 24 horas que permita anticiparnos a los desastres no naturales que todavía sufrimos.
  • Concepción de productos y semiproductos con etiquetado 100% reciclable y un mercado que premie la longevidad de los mismos, más allá de las modas o tendencias.
  • Desarrollo de infraestructuras concebidas por y para la sociedad que den servicio a la industria minera durante su vida útil, y que se integren en la comunidad que las alberga antes, durante y después de la operación productiva.
  • Completa restauración de tierras y paisajes modificados por antigua minería, y concepción de la nueva minería como una fase puntual antes y tras la cual los usos del terreno serán exactamente iguales.
  • Industria “cero residuos”, con ciclos integrales de agua y emisiones, y neutra en carbono a través de la sustitución de combustibles fósiles por fuentes renovables y la promoción de acciones mitigadoras como sumideros de carbono, forestación y reforestación.

Hasta entonces, 2019 ya nos tiene habituados a un nuevo lenguaje en el que hablamos del cobalto, litio y plomo en nuestros coches, del paladio en nuestros hospitales o del aluminio en nuestras casas. Conocemos su origen y su aplicación, y también el camino a seguir para minimizar su impacto a través de unas políticas y prácticas medioambiental y socialmente responsables.

El gran viaje de la minería sigue su curso, desde la minería productiva hasta la minería responsable, siempre al compás y servicio de nuestra civilización. Guiémoslo hacia el ambicioso objetivo de una industria sostenible.

 

Félix González Yagüe | Dr. Ingeniero de Minas

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By |marzo 26th, 2019|Uncategorized|0 Comments

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